Dos jóvenes, una publicista y un periodista, observan inquietos un evento de bebida energética mientras el escenario brilla con el lema “Activa tu vida”.
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Azúcar bajo la alfombra

En el lanzamiento perfecto, dos comunicadores descubren el azúcar oculto y se enfrentan al silencio que las marcas quieren imponer.

Por: Daniela Triana, Sofía escobar, Sara Betancourt, Walther Fegatilli, Alejandra Lis

El lanzamiento de la nueva bebida energética ocurrió un jueves gris, de esos en los que el cielo parece un vidrio empañado y la ciudad respira con prisa. Además, el centro de convenciones vibraba al ritmo de luces y pantallas gigantes donde jóvenes saltaban como si la vida cupiera en un eslogan: “Activa tu vida”.


Sin embargo, nadie mencionaba que, detrás de esa vitalidad pregrabada, se escondía un ingrediente menos brillante: azúcar en cantidades que podrían apagar, más que activar, cualquier corazón joven.

Valeria, practicante de publicidad, había llegado antes que todos. En su libreta llevaba bocetos, colores y frases que había pulido durante semanas; no obstante, esa mañana el brillo de la campaña se le volvió ruido cuando leyó el informe nutricional.


—No podemos dirigir esto a deportistas —susurró.


El director creativo ni siquiera levantó la mirada.


—El cliente lo pidió así.


Por eso, Valeria sintió que sus principios quedaban archivados junto a los artes rechazados.

A pocos metros, en la misma sala, Mateo, estudiante de comunicación social, ajustaba su grabadora, intentando que no se notara que era su primera cobertura grande. Antes de entrar, su editor lo había frenado en seco:


—Ni una palabra del azúcar. No podemos perder ese contrato publicitario.


Entonces, la frase le cayó como una piedra mojada. Mateo tomó el vaso de muestra que le ofrecieron; el líquido era frío, dulce, casi pegajoso. Así, pensó en sus lectores, en la responsabilidad de contarles algo más que un lanzamiento colorido. Asimismo, pensó en su mamá repitiéndole que el periodismo no se ejerce con las manos, sino con la conciencia.

Cuando el CEO subió al escenario y recitó su lista de promesas —“salud, energía, bienestar”—, Valeria y Mateo se cruzaron sin conocerse; aun así, estaban unidos por la misma incomodidad: la de quienes sostienen un secreto que nadie quiere escuchar. Ella veía la campaña como una máscara de neón.

Él escuchaba aplausos que, por consiguiente, le sonaban a silencio comprado.

Al finalizar el evento, cada uno tomó una decisión que no cabía en los comunicados oficiales. Valeria, por un lado, envió un reporte interno señalando la incoherencia ética de promocionar el producto a deportistas.

Mateo, por otro lado, publicó su nota incluyendo, con fuentes y contexto, el dato incómodo del exceso de azúcar.

No hubo aplausos. No hubo felicitaciones. Sin embargo, hubo algo más difícil de conseguir en este oficio: coherencia. En un mundo donde muchos barren el conflicto bajo la alfombra brillante de las marcas, dos practicantes eligieron levantarla, incluso aunque debajo hubiera más verdad de la que los jefes querían mirar.

Finalmente, entendieron que activar la vida no siempre empieza con una bebida; a veces empieza con una decisión. Y esa decisión, como el azúcar, deja un sabor que no se olvida.

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