Por: Samuel Hernández
Entre los lugares en donde se encuentran las maravillas del mundo hay un país que lo tiene todo, es reconocido por su belleza, historia, cultura, la gran naturaleza que posee y su increíble hospitalidad. Y sí, estamos hablando de Colombia.
Ahora sí que empiece esta gran historia….
Desde la ciudad de Quito se encontraba José, un joven viajero que a sus 25 años había recorrido mares, desiertos y muchos más lugares del mundo, pero siempre sentía que le faltaba algo. Un lugar que lo sorprendiera con la mezcla de historia, cultura y naturaleza.
Un día, en una biblioteca de Quito, encontró un viejo mapa donde había una mancha con una nota específicamente en Colombia, su capital y alrededores en Cundinamarca. La nota al margen decía: “La tierra donde el cielo toca la montaña y el corazón se engancha”. Intrigado por descubrir y comprobar lo que decía la nota no dudó en mirar los tiquetes de avión y emprender una nueva aventura.
Cuando aterrizó, sus ojos se abrieron con asombro, una ciudad inmensa se extendía sobre la sabana, rodeada de montañas verdes, la tierra del sol. Bogotá lo recibió con un aire fresco y vibrante, distinto a todo lo que había conocido.
El taxista que lo recogió le dijo entre risas:
—Bienvenido, parcero, a la nevera más cálida del mundo.
Aún sin entender la frase, José sonrió. Estaba por descubrir qué significaba.
Al llegar al hotel y dejar sus cosas, ya quería empezar a descubrir esta gran ciudad y su primera parada fue en La Candelaria, el barrio histórico. Entre calles empedradas, balcones coloniales y murales modernos, la ciudad le habló en varias voces a la vez, la del pasado que resistía y la del presente que creaba, donde tampoco pensó, ni un segundo, en probar cosas como la chicha de sabores, su favorita fue la de Lulo, que le recordaba el sabor de la naranjilla de su país.
Siguiendo su recorrido por el centro, se topó con el Museo del Oro, donde contempló piezas muiscas que brillaban como soles atrapados en metal. Allí comprendió que ese territorio había sido sagrado desde tiempos antiguos. En el Museo Botero, en cambio, las esculturas voluminosas le mostraron la alegría y la ironía de un arte universal nacido en Colombia.
Al día siguiente en las horas de la tarde subió al Cerro de Monserrate. El ascenso lo agotó, pero la vista desde la cima lo recompensó divisando la tierra del sol. La ciudad se desplegaba infinita, rodeada de montañas que parecían guardianas silenciosas. Fue en ese instante cuando entendió que Bogotá era un corazón que latía con millones de historias.
Ansioso de conocer más, salió de la capital y su destino fue Zipaquirá, se maravilló con la Catedral de Sal. Los túneles iluminados lo hicieron sentir dentro de un templo subterráneo, mezcla de fe y esfuerzo humano. Al caminar por la mina, un minero le dijo:
—Aquí, incluso la tierra reza.
Sorprendido, decidió seguir su travesía y emprendió su viaje a Guatavita, el lago sagrado brillaba entre la neblina. Una guía muisca relató el mito de El Dorado: los caciques cubiertos de oro que ofrecían tesoros a las aguas. José comprendió que aquel espejo no era solo agua, sino un símbolo de espiritualidad y memoria para una comunidad. Allí le mencionaron un lugar donde igualmente iba a quedar muy impresionado.
Pero como no todo puede ser perfecto, por probar la gran variedad gastronómica de los sitios donde estuvo, la famosa sobrebarriga en Zipaquirá le causó una intoxicación que lo dejó dos días en cama donde la señora Lupe, que vivía cerca al embalse de Tominé, quien lo acogió y le brindó ayuda para su recuperación.
Esto se provocó, ya que la carne de su preferencia es en un término de cocción tres cuartos ( roja, jugosa) y la que comió estaba bien asada (muy cocida). Y esto pasó porque el mesero, confundido por el diferente significado de las palabras, trajo un corte completamente asado. No quiso reclamar y aceptó el plato. Al principio pensó que era solo cuestión de costumbre, pero tras unos minutos sintió una pesadez en el estómago. Los condimentos picantes y la cocción distinta le cayeron mal. Pronto tuvo que dejar el restaurante apresuradamente, buscando un lugar donde recuperarse del mareo y el dolor que lo invadía.
Después de ese momento de indisposición siguió la ruta y llegó a Choachí, donde caminó hacia la cascada La Chorrera, la más alta del país. El rugido del agua lo estremeció, era la voz de la naturaleza hablando con fuerza, que lo invitaba a hacer parte de su entorno. Allí descubrió que Cundinamarca no era solo historia, sino aventura viva con senderismo, montañas, ríos y cielos abiertos.
Siguiendo su viaje por Bogotá y Cundinamarca, llegó a Villeta, donde participó en el festival de la panela. Aprendió a moler caña, probó el famoso chupao campesino y bailó al ritmo del folclor. Descubrió que cada municipio tenía su propia fiesta y que, en cada celebración, lo que brillaba era la alegría de vivir.
De regreso en Bogotá, visitó Usaquén, donde jóvenes artistas y emprendedores llenaban las calles con música, artesanías y cosas innovadoras. Allí vio el rostro moderno de la ciudad: innovación, cultura y oportunidades que la conectaban con el mundo y la tierra del sol.
Los días pasaron y José sintió que había encontrado lo que buscaba. Un lugar donde el pasado y el futuro se encontraban, donde la naturaleza se mezclaba con la modernidad, y donde la gente convertía cada instante en hospitalidad y calidez.
Antes de partir, volvió a Monserrate para despedirse. Desde la cima miró la ciudad extendida y los pueblos de la sabana, recordando todo lo vivido. El brillo del oro muisca, el eco de las montañas, el sabor del chocolate y la aguadepanela con queso, las risas en los festivales y la creatividad de cada sitio en el que estuvo.
Ya estando en el aeropuerto para ir de regreso a casa, sacó su libreta y anotó lo siguiente:
“Bogotá y Cundinamarca no son solo un destino más. Son un abrazo de montañas, agua y gente llena de amor. Aquí descubrí que la verdadera riqueza no está en el oro ni en las luces en una mina, sino en la sonrisa de quienes te reciben y en la certeza de que siempre habrá un lugar para volver”.
Mirando el altiplano que cada vez se alejaba y se hacía más pequeña la ciudad, José comprendió que la tierra del sol y la montaña, ya formaban parte de él.

