El Viajero sin nombre y los secretos de Bogotham

El Viajero sin nombre y los secretos de Bogotham

Por: Daniel Felipe Garcia Tinoco
No se hunde, ni arde, ni se borra de los mapas. Se duerme, como un dragón bajo la montaña,
como un santo olvidado en una iglesia vacía. Así duerme la ciudad “Bogotham”, la ciudad
de la niebla, aquella que flota entre cerros silenciosos, donde cada piedra del andén guarda
un recuerdo, y cada sombra podría ser un fragmento de alguien que ya no está… pero
tampoco se ha ido.
Aquella noche lluviosa, un viajero sin nombre bajó por una calle empedrada en dirección al
centro de la ciudad, el viento soplaba con aroma a leña mojada y chicha fresca. En sus manos
llevaba un cuaderno en blanco. No buscaba nada… pero algo lo buscaba a él.
Inició su travesía en la esquina de la calle 20 con primera, donde ardía silenciosamente una
pequeña panadería, con un menú del día colgado a la entrada y un aroma que desafiaba el
tiempo. Era la mítica Panadería de Doña Blanca, una plena fábrica de pan sagrado donde los
hornos no se apagaban desde hacía generaciones. Allí, las almojábanas crujían con voz de
abuela, el pan de yuca venía envuelto en susurros, y el roscón de bocadillo tenía la forma
exacta de un eclipse.
Doña Blanca, una figura legendaria para quienes deambulan por las calles del centro, era
nombrada en voz baja por estudiantes, abuelos y vecinos como si se hablara de una sabia de
otro tiempo. Algunos aseguraban verla de vez en cuando, entrando a la panadería a dar
instrucciones, cuidando sus recetas como secretos importantes. Otros decían que el alma del
horno tenía su voz, pero todos coincidían en lo mismo, el pan de ese lugar no era un simple
pasaboca… era dulce recuerdo.
El viajero comió en silencio y siguió su ruta, guiado por murmullos que lo llevaban a un
círculo de piedra, el ancestral Chorro de Quevedo.
Allí, como cada noche, un grupo de cuenteros sin nombre daba vida al aire con historias y
teatro. Vestidos con capas extravagantes, sombreros de copa, bufandas coloridas y maquillaje
de feria antigua, estos guardianes de la voz narraban cuentos que hacían llorar a los perros,
chistes que despertaban estatuas y obras de teatro improvisadas donde los héroes eran grandes
personas como los recicladores, barrenderos de la ciudad o viejos lustrabotas.
La gente se sentaba en los escalones húmedos, con chicha en mano, riendo, llorando,
aplaudiendo, mientras la niebla se colaba entre los relatos como un personaje más. El viajero,
asombrado, sentía que cada palabra era una chispa que encendía algo que la ciudad se negaba
a olvidar.
Pero no todo era alegría.
Entre el público, alguien le susurró:

“Si quieres conocer el corazón real de Bogotham… ve a la Plaza de la Esmeralda. Pero no
hables. Solo escucha.”
Y así fue.
Atravesando calles desiertas, grafitis como huellas mágicas y esquinas donde los postes
parecían cruzar palabras en clave, llegó a esa plaza olvidada, oculta entre oficinas como una
grieta en la realidad. la Plaza de la Esmeralda no era un lugar para los turistas. Allí no había
casi color. Todo brillaba en un verde oscuro, como si las piedras que se vendían en el mercado
hubieran absorbido la noche.
Hombres de rostro serio hablaban en susurros. Otros intercambiaban pequeños lotes de
esmeraldas a cambio de información que no debía decirse en voz alta. Un gran comerciante
de esmeraldas llamado “Alonso Porras” le ofreció una piedra brillante a cambio de un secreto.

“Dime algo que nunca hayas dicho” – le pidió. Así sabré si esta es tu piedra.
El viajero no respondió. Pero de repente, en diagonal a la plaza, exactamente en la famosa
carrera séptima, vio una figura que lo hizo retroceder su mirada.
El Señor “Camión” Vestido de chaqueta clásica de equipo de fútbol americano, más
conocidas como “Chompos vieja guardia”, en su cabeza una gorra clásica del mismo equipo
que su chaqueta “Techo vieja guardia” que tapaba sus ojos, rodeado de antigüedades escasas,
maletas ABC, relojes sin manecillas, candelabros de hierro retorcido, cuadros que lloraban
cuando nadie los miraba.
El viajero se acercó, sin saber por qué, y tocó un espejo polvoriento. En él, no vio su reflejo,
vio la misma ciudad, girando, hablándole en silencio. Historias que no estaban en libros,
rostros sin nombre, voces que aún esperaban ser contadas.
Horas después en la séptima, el viajero se dejó seducir por el humo ardiente de un pincho
callejero de carne que su humo era muy llamativo a larga distancia, como antorcha en manos
de un herrero y para no atorarse, el calor dulce del famoso canelazo, que bajaba por su
garganta como fuego sagrado, el viajero sin nombre volvió a perderse en la niebla de la
ciudad.
Los susurros de la Séptima lo conllevaban a un rumbo sin límite, hasta que se topó con una
gran muralla circular que emergía de la niebla como si fuese un coliseo de otro siglo “la Plaza
de Toros La Santamaría de Bogotham”.
No era de ladrillo, sino de piedra rojiza, manchada con sangre seca. Sus portones de hierro
estaban custodiados por dos estatuas de toros, criaturas míticas que abrían paso solo a quienes
llevaban consigo el peso de un secreto. El viajero, sin importar de que estaba temblando y
con la tensión alta aún por la chicha encendida, cruzó el gran portón.
Allí adentro, el silencio era muy escalofriante, la arena estaba cubierta de cenizas y en el
centro descansaba un toro enorme, no de carne, sino de bronce ennegrecido. Sus ojos
brillaban, como si aún guardara la memoria de muchas batallas. Sobre las graderías no había
público humano, sino sombras de caballeros y damas medievales, con estandartes
desgarrados que ondeaban en un viento que no existía.
De pronto, el toro de bronce respiró. Su bramido retumbó como un trueno sobre la sabana,
de las puertas de piedra comenzaron a entrar figuras encapuchadas. Eran los Caballeros de
las gorras vieja guardia, guardianes de la plaza, cuya misión era preservar las historias de
honor y duelo que allí se habían escrito durante siglos.
Uno de ellos se adelantó, portando una lanza conocida como “Lanza cuatro huecos”,
“Forastero lambón!” gritó con rabia.
-Nadie llega aquí porque sí. Has probado el delicioso fuego de la ciudad, el pan de la memoria
y el vino de la noche. Ahora, esta arena te reclama.
El viajero, aún con su cuaderno en blanco bajo el brazo, sintió que todo lo que había visto en
la panadería sin tiempo, los cuenteros del Chorro, el Señor “Camión”, la Plaza de la
Esmeralda, lo había conducido hasta ese círculo de ceniza y bronce.
Entendió que no estaba allí para luchar, sino para escribir la crónica de la ciudad, como se
escriben los hechos memorables con la verdad y con niebla.
Se arrodilló frente al toro encendido, abrió su cuaderno y, por primera vez, la tinta de su
pluma Bic escribía poco a poco sola.
En las páginas, las palabras brillaban como hierro al rojo vivo. Finalmente, la Plaza de Toros
de Bogotham , lo aceptó como su nuevo cronista.
Cuando la tinta ardiente se apagó en el cuaderno, el viajero levantó la vista preocupada. La
arena de la plaza estaba vacía, los caballeros habían desaparecido y el toro de bronce ya no
respiraba. Solo quedaba la niebla densa, girando sobre sí misma como si la ciudad lo
envolviera.
Quiso salir por el gran portón, pero esta se había cerrado como una muralla sin llave.
Entonces comprendió que Bogotham no se deja visitar de paso, esta se hereda, se habita, se
carga en silencio.
Esa misma noche, el viajero dejó de ser un “forastero lambón”. Se volvió parte de las piedras,
del humo, del pan, de la chicha y los susurros con olor a canelazo que recorre la Séptima a la
madrugada.
Y desde entonces, cuando alguien se pierde en las calles húmedas del centro y escucha una
voz que no sabe de dónde viene, algunos aseguran que es él, escribiendo todavía, con una
pluma hecha de niebla, las historias que la ciudad no quiere olvidar.

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