Por Steban Ramirez Torres
Juan tenia 22 años y todavía se sentía medio perdido en la ciudad de Bogotá. no porque no la conociera,
ya llevaba tres años ahí, sino porque cada día cambiaba. Siempre algo nuevo, un olor distinto,
una calle que no había visto, un vendedor con música sonando desde su carrito. En Bogotá era
así, impredecible, y aunque a veces cansaba también lo hacia sentir parte de algo grande.
estudiaba arquitectura y decía que eso lo hacia mirar distinto. miraba los edificios viejos del
centro, los grafitis de chapinero, los cerros que parecía que lo siguieran a todas partes. todo
mezclado. veces pensaba que la ciudad de Bogotá era como una maqueta mal armada, pero bonita
igual, con vida propia.
venía de un pueblo de cundinamarca y cuando regresaba todo le parecía mas fácil. la gente
saludaba sin prisa, los perros dormían tranquilos, el aire olía a tierra mojada. allá sentía
calma, pero también sabia que Bogotá le estaba dando otra cosa, oportunidades, ideas, gente
distinta, movimiento.
Un día el profe pidió hacer un trabajo sobre lugares que inspiren. Juan pensó en la sabana sin
pensarlo mucho. Agarro un bus el sábado y se fue. paso por chía, Zipaquirá, Guatavita. hablaba
con la gente, con los vendedores, con una señora que vendía tamales y le conto que su familia
llevaba allí toda la vida. Otro le ofreció mazorca mientras decía que el frio no se quita ni con
ruana.
en el viaje juan pensó que Cundinamarca tenia algo especial. no era solo paisaje bonito, era la
gente, la forma de trabajar, de reírse, de seguir adelante. y Bogotá, pensaba, era parecida
aunque mas ruidosa. al final, las dos cosas se necesitaban.
Cuando volvió empezó a dibujar para su proyecto. Quería hacer un espacio donde se mezclara
la ciudad con el campo, algo donde cupieran los colores, el ruido, el silencio. recordaba el
lago de Guatavita, los buses llenos, los grafitis, el olor a pan del centro. todo eso junto, porque
así era la vida allí, un poco desordenada pero sincera.
esa semana llovió sin parar. desde la ventana veía la gente corriendo con paraguas rotos, los
carros haciendo charcos, los vendedores tapando sus carritos con plástico. Bogotá no paraba
nunca, y esa terquedad le gustaba.
una tarde en el transmilenio escucho a dos turistas hablando. decian que bogota era mejor de
lo que esperaban, que la gente era amable y que habia algo raro, algo que no sabian explicar.
juan sonrió. a veces uno necesitaba que alguien de afuera le mostrara lo que uno ya tenia.
cuando presento su trabajo el profesor le dijo
—Se nota que te gusta este lugar.
Juan solo dijo “si profe” y ya. pero por dentro penso que era verdad. Bogotá le había dado
muchas cosas y Cundinamarca le recordaba quien era.
En vacaciones volvio a su pueblo. camino por la plaza, compro una empanada, se sento en
una banca frente a la iglesia. el cielo se puso naranja y el aire era tan suave que casi se
olvidaba del ruido de la capital. penso que, tal vez, eso era lo bueno, poder tener los dos
mundos: la calma y el movimiento.
Bogotá y Cundinamarca, penso, no eran tan distintas. eran parte de lo mismo, parte de el.
