Guepardo

 En la ciudad de la lluvia incesante, se encontraba Camila, una joven Community Manager de 23 años que aspiraba a brindar las mejores campañas a los jóvenes del país. Trabajaba para la Agencia Punch, una agencia de publicidad que contaba con un gran respaldo y respeto de los consumidores. 

Ella estaba sentada en su oficina, incómoda. No por la silla con resortes, sino por el diseño que le había mandado a hacer su jefe, don José. Diseño que se centraba en una nueva bebida energética: “Guepardo”. 

Camila suspiró ligeramente sobre su tableta de diseño. La pantalla se nubló.

 Fue ahí cuando entró don José, un hombre serio, delgado y alto, como si se tratara de un hombre de negro.

  • ¿Entonces qué, Cami? ¿Sale o no sale la campaña?

 Camila, sintió un nudo en la garganta, como si se tratara de un taco en plena Avenida Oriental, como lo dirían los paisas. Con voz temblorosa pero firme, Camila le respondió

: – Sí señor, sí saldrá. Pero no es así. 

  • No vamos a vender esto como salud, si se dan cuenta, nos destrozarán en menos de dos horas en las redes. 

Don José frunció el ceño y la miró fijamente. Cortó su respiración y le dijo: 

  • ¡Qué dices! 

Antes de que él siguiera hablando, Camila interrumpió la conversación para borrar el eslogan, el cual cambió por: “Energía extra para momentos de diversión”. Así mismo, dejó visibles los sellos de advertencia. Aún nerviosa, dijo: 

  • No vamos a engañar a la gente. Si el cliente quiere mentir y sólo ganar dinero, que se busque otra agencia. 

All mismo tiempo, pero en el Centro de la ciudad, estaba Ian, un joven practicante periodista de 21 años, quien trabaja en El Espacio, una casa editorial de más de 80 años de historia.

  • Jefe, discúlpeme pero yo no voy a permitir que esa publicación tenga mi nombre. Todo lo que allí dice es falso. Sólo vende mentiras.

 El jefe, en tono desafiante le respondió: 

  • Esa nota le va a pagar la quincena Ian, no venga aquí con moralismos. ¡Practicante! 
  • Sí señor, practicante pero con el compromiso de mi ética. Si quiere publicar esa nota, hágalo, pero borre mi nombre de allí. No permitiré que mi nombre se vea envuelto en polémica. 

El jefe lo miró con desagrado y sostuvo su mirada durante diez segundos, segundos que se sintieron como si hubiese sido la historia de la humanidad entera.

 Apartó la mirada de Ian y con enojo eliminó su nombre, y marcó la nota como “Publicidad”. Más tarde, en la noche, tanto Camila como Ian se encontraban en un trancón sobre la Avenida NQS. 

Camila, en la espera del tráfico, bajó la ventana de su asiento y vió la campaña de Guepardo, pero con todas las advertencias del caso. Probablemente perdería el cliente a la mañana siguiente; Ian tendría problemas con su jefe, pero mientras hubiesen personas capaces de mantener la honestidad profesional no habría mayor inconveniente.

 Justo en ese momento, el teléfono de Ian sonó, era Diego, su compañero de oficina más cercano. Con voz afligida le dijo:

 – Nos echaron a todos, Ian.

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