El azúcar deja huellas, mata el cuerpo de a poco pasando a ser veneno después del placer, un placer que solo será temporal.
Por: Dayann Osorio, Camila Osorio, Ariana Gómez, Santiago Rozzo, Sergio Amaya
Una agencia de publicidad recibe el encargo de promocionar una bebida energética. Todo normal hasta que descubren que el producto tiene altísimos niveles de azúcar. El cliente insiste en que la campaña se dirija a jóvenes deportistas con el lema: “Activa tu vida”.
Los publicistas se sienten atrapados. Por un lado, no saben si cumplir con el trabajo y mantener la relación con el cliente. Por otro, saben que vender la bebida como si fuera saludable es como pintar de verde un árbol seco: parece lleno de vida, pero en realidad se está muriendo por dentro.
Mientras tanto, un periodista que cubre el lanzamiento también descubre la verdad. Sin embargo, su editor le pide que publique la nota sin mencionar el exceso de azúcar, porque el medio tiene un contrato publicitario con la marca. El periodista siente que su pluma lo deja entre la espada y la pared, no sabe si dejarse ganar por el dinero de por medio o quizás por el miedo de perder su trabajo y por otro lado abandonar su ética y fallarle a los valores que defiende.
El conflicto es claro: ¿qué pesa más, la responsabilidad social o los intereses económicos? Tanto la agencia como el periodista saben que su decisión afectará a miles de jóvenes que confían en lo que ven en los anuncios y leen en las noticias.
Este dilema me hace pensar que la publicidad y el periodismo son como dos espejos frente a la sociedad. Pueden transformar la realidad según convenga. Y al final, lo que se decide no solo afecta a la imagen de una marca, sino también a la confianza de la gente.
La bebida brilla en su envase metálico, pero detrás de esa luz hay una sombra difícil de ignorar. Y entonces surge la pregunta que nadie quiere responder: ¿es peor engañar al público o engañarse a sí mismo?

