Una bebida que promete “activar la vida” pone en pausa la ética de quienes deben contar su historia.
Manuela Alejandra Torres Rivera
El brief llegó un lunes gris, de esos que huelen a café recalentado. En la agencia, los creativos lo recibieron como quien abre un sobre lleno de billetes: una bebida energética nueva, juvenil, vibrante, lista para “activar la vida” de medio país. El cliente quería movimiento, quería cuerpos sudados y sonrisas flúor. Y hasta ahí, todo era publicidad en su estado más puro: artificio, brillo, ritmo.
Pero la ficha empezó a tambalear cuando Clara, la planner, leyó la letra microscópica del informe nutricional. “Nivel de azúcar altísimo”, murmuró, como si el papel se quemara. La frase quedó suspendida en el aire de la sala de juntas, entre los marcadores secos y las maquetas de storyboards. El director creativo se acomodó las gafas, incómodo: “Bueno… eso es irrelevante para la campaña”. Su voz sonó más delgada que antes.
El cliente, por su parte, fue claro: nada de advertencias, nada de matices. Jóvenes deportistas. Maratones. Bicicletas al amanecer. “Activa tu vida”, repetía, golpeando la mesa con la pluma, como si el eslogan fuese un decreto. La agencia asentó. Algunos por convicción, otros por miedo al silencio que sigue a perder una cuenta.
A pocas cuadras de allí,el periodista Mateo afinaba su nota sobre el lanzamiento de la bebida. Había cruzado datos, revisado reportes, hablado con una nutricionista que todavía confiaba en la ciencia más que en el presupuesto de marketing. Sabía que la bebida era prácticamente un carnaval de azúcar.
Pero su editor lo llamó a su cubículo. Le pidió —sin pedirlo— que omitiera esa parte. “No podemos poner en riesgo un contrato tan grande”, dijo, como quien advierte sobre un precipicio invisible. Mateo asintió, aunque sentía que algo dentro de él bajaba el ritmo, como un corazón que se resigna.
Mientras tanto, la agencia rodaba la campaña. Chicos saltando, bicicletas volando, una música que prometía velocidad. En un rincón del set, Clara observaba las latas brillantes y pensaba en los adolescentes que las beberían como si fueran vitaminas. En la redacción, Mateo veía su artículo publicado, pulcro, correcto, vacío. Ambos sintieron la misma punzada, esa especie de agujero en el estómago que aparece cuando la ética se negocia al mejor postor.
La campaña salió a la calle. Los anuncios brillaban en las vallas, en los celulares, en las conversaciones ligeras. Todo el país parecía activarse de golpe.
O quizá solo era el azúcar haciendo su trabajo. Porque, al final, ¿Qué pesa más: la verdad… o el presupuesto que la sostiene?
