Por: Juan David Gordillo Montenegro
Bogotá, entre el frío y el caos, forja sueños tercos: un joven rapero descubre que la ciudad puede ser injusticia, pero también libertad.
El frío de la mañana en Bogotá se filtraba por las rendijas de las ventanas de los buses azules que rugían por las montañas del sur de la ciudad. El cielo gris, como un lienzo a medio pintar, parecía anunciar que, como siempre, la ciudad estaba lista para poner a prueba la resistencia de sus habitantes.
Juan, un joven de veinte años, llevaba los audífonos colgando y en su libreta guardaba lo que él llamaba “sus balas”: versos de rap, pero con la fuerza de un grito. Vivía en un barrio popular del sur, donde las calles enseñaban rápido y la vida era un ring constante.
Bogotá no es fácil, pero es mi escuela murmuraba mientras tachaba y volvía a escribir. Su madre atendía el negocio familiar de la panadería artesanal, su hermano mayor fuera del país, pero con un talento enorme para el baile, la razón de su ser es su padre un hombre fuerte de corazón, pero con la sabiduría más grande que cualquier otra persona pueda tener y él… él soñaba con que sus palabras resonaran más allá de las cuadras donde creció y donde su familia forjo un hogar.
En la plazoleta del Rosario, en el corazón de la ciudad, entre vendedores ambulantes, carteristas y estudiantes que corrían a clase, Juan, es muy detallista, analítico, sobre todo. No contaba con su carrera terminada aun pero sí reconoce que el estudiar en el centro de la ciudad da el plus que no se daría en cualquier otra parte de la capital, solo el eco de los muros y el ritmo del reloj que marcaba que cada rolo va tarde a su trabajo es lo que acompaña las frías mañanas.
La calle enseña más que cien universidades, la injusticia grita fuerte en estas realidades… Decía Juan, pero por referencia de su padre, quien siempre lo ha guiado y le dice “A pesar de que aprendas de la calle, no te confíes, no falta el loco que puedas encontrarte”, por otro lado el dulce timbre de voz de su madre, mas miedosa de que su hijo salga a la calle a “vagar” pero el siempre le dice, “Tranquila vieja, no hay que tenerle miedo”, porque hacer énfasis a esto, es porque a pesar de que Bogotá sea oscura, no hay que temerle, el trasfondo de la capital no es oscuro, es más, te ofrece libertad…
No todo era música. Una noche, en medio de un show de rap de su cantante favorito, en la media torta, la policía arremete al público, Juan fue testigo de cómo arrastraban a más de una persona que estaban sentadas en las gradas, acusados de un robo que no habían cometido.
¡Ellos no hicieron nada! gritó Juan, con el corazón en la mano. Pero nadie prestaba atención. La injusticia era tan habitual que ya se sentía como parte del paisaje. Pelados de bien que solo les gusta el rap pasaron semanas tras las rejas sin pruebas, mientras su familia luchaba contra un sistema que parecía imbatible.
Esa noche del show, Juan se sienta en un andén a pensar, ¿Qué tan justo puede ser que te lleve la simplemente por la forma en que te ves o porque te guste el rap?, llama a su viejo y le pregunta, ¿Es justa la situación?, el le responde, “Hijo, por mas que luchemos contra el sistema, no será suficiente si la sociedad sigue cegada, quédate con que eres buen muchacho” … Las lágrimas del chico. Reflejan que nunca estará satisfecho con el terco pensamiento de la sociedad y que el cada que puede intentar encaminarlo sin hacerle daño a las personas, por más que lo juzguen, hay que pararse duro, dice Juan.
Sin embargo, Bogotá también tenía su lado luminoso. En medio de los grafitis del centro, cada habitante de calle, las personas vestidas de negro, un café en mano y una sombrilla como defensa personal, son las herramientas de vida del vibrante ambiente rolo. Juan comprende entonces que Bogotá no era solo dolor. Era también la oportunidad de reinventarse, de crecer, de ser alguien. Era la capital que, con todo su caos, ofrecía más puertas abiertas que cualquier otra ciudad del país.
La injusticia seguía acechando: desigualdad, corrupción, violencia. Pero también había arte, educación, oportunidades laborales y una diversidad cultural que hacía de Bogotá una capital vibrante, un lugar donde cada persona podía encontrar su camino si aprendía a luchar.
Juan, resume en un verso, Bogotá…
“Bogotá es jungla y esperanza, es dolor y alegría,
es calle que enseña y ciudad que desafía.
Si la recorres con miedo, te devora sin piedad,
pero si crees en su fuerza, te regala libertad.”
Esta es mi Bogotá dijo. No es perfecta, pero es nuestra. Es lucha, es oportunidad, es vida.
Porque Bogotá, más allá de su tráfico, de sus problemas sociales y desigualdades, era también el lugar donde miles encontraban un trabajo, un sueño, una segunda oportunidad. Era la capital que merecía ser contada no solo por sus cicatrices, sino por su infinita capacidad de reinventarse. Piensa, ¿Por qué quejarte de Bogotá, si es quien te da la comida diaria y es quien te mantiene en pie?, Miles, millones de personas nos formamos acá, para el frio un aguapanela caliente cargada con buen limoncito y sigue, no pares, como diría la canción…
Solo piénselo, un plebeyo de barrio, sueña que, con su pensamiento, su voz y su poder para no dejarse ver la cara como lo diríamos los colombianos, lograr que con su carrera de comunicación y periodismo darle al mundo la posibilidad de hablar lo que quieran hablar sin temer y si hay que llevarle la contraria a la sociedad, ¡hágalo!, no le tenga miedo; porque, Bogotá es una ciudad vibrante y llena de oportunidades para ser felices, así que si usted me está leyendo y quiere darle un cambio a la sociedad para que la neverita se mantenga parada, no lo piense dos veces… Por esto y por lo nuestro, somos orgullosos de ser rolos.
