Rodolfo, un celador solitario en la fría Bogotá, enfrenta una madrugada que quiebra su rutina y revela la fuerza invisible que une a la ciudad.
Por: Diego Alexander Rodríguez Arana
¿Quién era Rodolfo?
En el conjunto Vistas de Altamira 4, en Usme, pocos entendían a Rodolfo: celador de profesión, “wachiman” para los malhablados. Rodolfo Armando Pérez, 42 años, tres matrimonios fallidos, seis hijos a los que no ve, amante de la música clásica y loco de amor por cualquier criatura con cromosomas XX. Un hombre difícil, intenso y solitario.
Rodolfo y su soledad en Bogotá
Su única compañía en la madrugada era la silla vieja de la portería. Con tanto tiempo libre para pensar, su cabeza se llenaba de sombras. Más de una noche se repetía a sí mismo:
Heme aquí, solo y muerto en vida en la fría Bogotá…
Dios, si me escuchas, dime cuándo será mi partida.
En esa rutina quebradiza, el martes 27 de julio de 2021, a las 2:14 a. m., ocurrió lo inesperado: un hombre con gabán de cuero, barba blanca y sombrero negro golpeó la puerta de vidrio. Su apariencia inquietante hizo dudar a Rodolfo, pero terminó dejándolo entrar.
El extraño, congelado por el clima bogotano, le lanzó una queja disfrazada de insulto. Rodolfo, en plena crisis existencial, rompió su propia rutina respondiéndole en el mismo tono altisonante y poético. Entonces el señor, molesto, le recordó que era el dueño del apartamento 629 y prometió que Rodolfo conseguiría “vacaciones permanentes” por su actitud.
Solo al verlo de cerca Rodolfo reconoció al famoso actor que vivía allí, disfrazado por alguna grabación. Aterrorizado, decidió huir, esconderse y no volver.
Bogotá y el hombre que corre
Corrió por las trochas de Usme, como cualquier pillo de San Bernardo escapando del destino. En Bogotá todo el mundo corre: por el H75, por la lluvia, por la vida misma. El día de Rodolfo era gris como un lunes cualquiera.
En esa ciudad fría pero acogedora, pensaba siempre lo mismo: los rolos se adaptan, se ayudan, se quieren a su manera. Su soledad no era única: la frialdad de Bogotá une a quienes la habitan. Y aun así, siempre hay un rincón que saca una sonrisa: un septimazo, un trancón lleno de pitos, un improvisador en un bus, el lustrabotas de la esquina o el taxista acelerado.
El mensaje de Rodolfo
En una ciudad de millones, la soledad es común, pero también lo es la solidaridad. Bogotá es Bogotá: se defiende, se comprende y no se deja sola. Rodolfo es solo uno entre miles, pero su historia recuerda algo simple: hay que amar los colores de la ciudad que nos sostiene, incluso en las madrugadas más frías.

