Una joven de cabello castaño oscuro está sentada en una banca de madera, con un suéter azul y una bufanda roja. Sostiene un sobre blanco mientras la rodean pétalos fucsias en el suelo. Detrás de ella se ve un café con el letrero “Café Andrea”, iluminado con luces cálidas. El suelo está mojado por la lluvia y al fondo se alzan las montañas bajo un cielo gris. Su expresión es tranquila, como si estuviera encontrando paz después del desamor.
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El Desamor de un Corazón Herido

Después de perder el amor de su vida, Andrea llega a Bogotá buscando respuestas. En medio del dolor y el vacío, la ciudad le ofrece la oportunidad de sanarse, enseñándole que, incluso en el desamor, siempre hay espacio para un nuevo comienzo.

Por: Camila Osorio

Andrea llego a Bogotá un viernes en la tarde. A penas cerro la puerta del hotel, dejo la maleta tirada en el piso y se dejo caer en la cama. No lloro, simplemente se quedo mirando al techo como si su existencia pesara más que cualquier dolor.

Había dejado atrás el amor de su vida su mejor amigo, su otra mitad, dejo ese amor que prometía ser eterno y que término de la forma más fría: “no es el momento de estar juntos nos falta vivir cosas, te amo y eres la mujer que siempre soñé, pero en este momento lo mejor es que cada uno siga su camino”. Esas palabras se repetían una y otra vez en su cabeza.

En el bus pensó que la mejor solución era empezar de cero, pero ahora se enfrentaba con lo peor, frente a cuatro paredes blancas y el vacío del hotel, lo único que sentía era una vacío, sentía que su mundo se había perdido, estaba en un abismo, en un laberinto sin salida, donde la única salida que tenia era el y el ya no estaba, estaba perdida, agobiada, no sabía que pensar si fue amor o solo una distracción entre tantos pensamientos al fin se quedó dormida.

Al día siguiente salió sin rumbo, con el corazón roto y le mente en otro lugar, mientras caminaba por la séptima, viendo vendedores y escuchando músicos callejeros que parecían cantarle solo a ella. Cada canción era un recuerdo. Cada pareja que veía tomada de la mano era como una apuñalada en el corazón. Compro un tinto solo por que tenia algo de frio, aunque no le supiera a nada se reconforto un poco se sentón en una banca a admirar el hermoso atardecer de Bogotá cayendo en cuenta que las cosas pasan por algo y que tenia que salir de ese abismo fuera como fuera porque, aunque costara respirar tenia una nueva oportunidad.

Pasaron varios días así, días donde tenía toda la energía del mundo y otros donde no quería ni levantarse de la cama, hasta que un domingo decidió subir Monserrate sola, con la respiración entrecortada una que otra lagrima escondida entre el sudor y el frio. Cuando llego arriba, no rezo ni pidió milagros, simplemente contemplo la ciudad: un sinfín de casas, edificios y pequeñas luces que parecían decirle que todo iba a estar bien que nadie esta solo del todo. Por primera vez en semanas, sintió algo distinto al dolor: una calma que hace mucho no sentía.

Después de varios meses entendió que Bogotá fue su refugio y su forma de sanar. Visito la feria de Usaquén donde probo un café preparado por una mujer que le conto su historia de vida hay cayo en cuenta que siempre hay salida y a pesar de que todo vaya mal siempre hay que ver la vida con una sonrisa. Una noche en la ciclovía vio varias familias enteras riendo bajo la luz de la luna. Una charla improvisada con un desconocido en la calle opinando sobre un grafiti o ver a un simple turista maravillado por nuestras calles y nuestra cultura. Sin darse cuenta Bogotá, le estaba enseñando que todo sana y que había vida más allá de la herida. Una noche, de regreso al hotel, pensó “Perderse duele, pero también abre el espacio a crear una nueva yo a aprender un poco más de mí, aunque a veces duele Bogotá me enseño que siempre hay una oportunidad de empezar de nuevo.

No dejo de amar a quien se había ido. No. Andrea aun lo recordaba cada vez que veía una rosa o un peluche de su personaje favorito o cuando jugaba el equipo de futbol que mas le gustaba, o cada vez que escuchaba esa canción que tanto les gustaba a los dos. Pero ya no era parte de un recuerdo que la ponía triste o la hundía. Era simplemente parte de una historia que ya llego a su fin. Bogotá, con su frio, su caos, sus montañas y su gente le había dado lo que necesitaba: la oportunidad de encontrarse a sí misma, la paz que tanto necesitaba y sobre todo le dio el poder de sanar y de entender que, aunque habían noches de soledad, aprendió que incluso el dolor puede convertirse en su punto de partida.  

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