Las redes de un corazón inundan de pasión a los visitantes de la ciudad caótica del amor
Imagen hecha por Gemini

La ciudad caótica del amor

Por: Dayann Osorio

Hace muchos años no hablo de mi llegada a la ciudad caótica, desde el primer instante me enamoré de sus calles, su clima, sus pintorescos murales, la comida, la gente, de todo. Mis padres y yo nacimos en Brasil, pero mi abuela amaba Colombia, una de las cosas que más anheló en vida fue conocer la ciudad de los cachacos.


Mi abuela sabía muchas cosas de los cachacos y solía contarnos historias de un novio de verano que tuvo cuando era joven. Yo personalmente, siempre amaba escuchar sus historias, porque en su mirada podía observar con claridad que lograba evocar cada detalle. Sus datos y aventuras me sirvieron años más adelante para conquistar algunas chicas. Como a Natalia, mi esposa. Empezaré a relatar la primera vez que la vi:


Fue en un bar en La Candelaria llamado “El gato gris”. Estaba con mi hermano, un poco tomado, días después de la muerte de mi abuela, a quien sepultaron en el cementerio Central. Vi entrar a Nata y acercarse a mi lugar, mi vista empezó a esclarecerse, mis manos a sudar, mis piernas temblaban, pero ella se veía bastante segura y preguntó:


–Hola, ¿Cómo están? Soy Natalia, ¿saben ustedes de una estación cercana de Transmilenio por acá?
–No vivimos en Bogotá, es una ciudad muy caótica –le dije.
–¡Qué chévere! ¿De dónde vienen? –dijo ella mirándonos de arriba para abajo, como descubriéndonos.


En seguida, le conté nuestra historia, ella me escuchaba y le brillaban los ojos, pero no decía nada. Para romper el hielo y verla sonreír un poco decidí preguntarle:


–Oye, ¿Tú sabes por qué son llamados cachacos?
–Jamás me lo había preguntado.
–Bueno, pues los primeros hombres en Bogotá, solían vestirse con camisa (ca), chaleco (cha) y corbata (co).


Ella sonrió y se interesó más en nuestra conversación. Al caer la noche le pedí su contacto, le prometí llamarla y programar una cita para conocer más la caoticidad de su ciudad. Ella aceptó amablemente.


Días después logré contactarla y siempre me dirigí a ella con mucho respeto. Me enamoraba mucho de Bogotá y de sus alrededores, pero definitivamente en donde quería quedarme era en los ojos de esa mujer. La veía perfecta y me guiaba por cada rincón de la ciudad con mucha paciencia y entusiasmo.


Descubrí muchas palabras y dichos nuevos de la cultura rola y todos me encantaron y me emocionaba por saberlos todos. Pero en especial había uno que me fascinaba, porque mi abuela me lo había enseñado y era “A quejarse a la pila del mono” me encantaba ese dicho porque sabía que era de un cuento súper antiguo, cuando las mamás enviaban a sus hijos a traer agua del mono de la pila y a muchos no les gustaba entonces iban quejándose, es una historia interesantísima y me ha encantado siempre. Además, porque Nata la solía decir cuando yo la conocí.


Una de las cosas que más me gustaba de vivir en Bogotá era su arquitectura, amaba La Candelaria y las pinturas en general, Bogotá está llena de graffiti y arte callejero y a mí me ha encantado siempre. Natalia, sabía mucho del arte callejero y me contaba algunas historias de las pinturas que encontrábamos por ahí, mi favorito sin duda en “el beso de los invisibles” que está sobre la carrera 26 con calle 13B.


Natalia y yo, después de esos largos días en donde me enseñaba su ciudad caótica, decidimos empezar a salir oficialmente como pareja. Ella sabía que me interesaba lo suficiente como para estar decidido a dejar mi vida de Brasil por estar con ella, estaba decidido a que este lugar con su compañía me haría muy feliz y me haría tener unos recuerdos inolvidables. Mi abuela nunca tuvo problema en aceptar que los amores clandestinos e inesperados eran los amores eternos, era una razón más que me gritaba frenéticamente todos los días que debía dejarlo todo por Natalia.


Afortunadamente, mi declaración fue tan exitosa que un año después nos casamos, estábamos tan seguros, teníamos tanta fe en nosotros que no nos importó nuestras familias, nuestra nacionalidad, nuestras preocupaciones ni economía, sabíamos que no íbamos a vivir de amor, pero estábamos tan enamorados que no nos quedó tiempo de pensar en ello.


Uno de nuestros planes favoritos en este hermoso país siempre fue salir a hacer ciclismo por el alto del vino. Era una experiencia increíble y sus miradores me cautivaban y me permitían ver aún mejor la belleza de la ciudad. Todo era perfecto en ese momento.


Nata y yo aún no vivíamos juntos, pero nos encantaba hacer planes cada fin de semana sin falta. Así que por obvias razones llegó un momento en el que nuestra economía decrecía cada vez más rápido, entramos en una crisis en la que la salida no se encuentra tan fácil como uno cree. Pero el apoyo mutuo afortunadamente es de las mejores herramientas que puede tener el humano, así que pedimos ayuda. Muchas personas nos aconsejaban rehacer una vida en otro país, pero para mí es la salida fácil, no soy colombiano, pero me siento como uno y salir del país es quitarle la oportunidad de crecer, de ser un mejor lugar no sólo para sus residentes sino también para los turistas, es la salida más fácil y afortunadamente Nata y yo estábamos de acuerdo en algo. Y es que hay que seguir en lo nuestro, recordarnos todos los días de dónde venimos y por qué seguimos aquí.


Así que decidimos convertirnos en baristas y crear un café tematizado en el centro de la ciudad. Era la mejor idea para ambos porque queríamos empezar a unir y a nutrir nuestra vida juntos, lo que significaba que esta era la mejor idea de todas. Nuestro café fue creciendo un montón, fue tematizándose más con cosas de Bogotá mayoritariamente y a la gente le encantaba asistir a tomar fotos, a probar el café, a conocernos, etc. Nosotros estábamos tan felices porque finalmente habíamos empezado de construir una vida juntos y ahora podíamos comprar nuestro propio apartamento, nuestro nido de amor, el lugar en donde empezaría todo lo que fuimos algún día.


Los días fueron pasando, nuestro negocio salió adelante, decidimos tener 2 hermosos hijos y poco a poco, sin darnos cuenta, fuimos envejeciendo juntos, fuimos dependiendo del otro cada día más, el ideal por el que tanto habíamos estado luchando toda la vida, finalmente estaba por culminar. Ahora tengo 77 años, Nata tiene 76, entró en una grave enfermedad hace algunos meses, fui testigo de cómo fue consumiéndose gracias a esto, pero afortunadamente me tienes a mí, ya no me recuerdas, ya no sabes mi nombre, ni que soy y fui para ti, probablemente te da miedo hablarme y tu corazón se acelera cuando me ves entrar a tu habitación, ya no recuerdas tus hijos, ya casi no hablas, mantienes mirando pinturas y tratando de recordar algo, me pediste que te ayudara, me dijiste que confiabas en mí, entonces aquí estoy, dándote mi apoyo, mi más grande amor, recordándote todo lo que fuimos algún día, esperándote y deseándote, aquí sentado a tu lado, te esperaré, me esperarás, tu mano se empieza a enfriar.

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