Por Nicolas Ortiz.
La historia de Nicolás Ortiz, un hincha verdolaga que desde Bogotá, mantiene viva la pasión por Atlético Nacional.
Desde que Nicolás Ortiz tiene memoria, el color verde ha sido parte fundamental de su vida. No es solo el verde de la camiseta de Atlético Nacional que lleva puesta casi todos los días, ni el verde eufórico de las banderas que ondean en los estadios de todo el país, por qué nacional es eso un sentimiento a nivel mundial. Es un verde que significa mucho más, un color que para él representa un legado, una pasión que ha pasado de generación en generación en su familia.
Aunque Nicolás vive en Bogotá, a varios kilómetros de Medallo, el amor por Atlético Nacional no conoce distancias ni fronteras. Desde hace años es miembro activo de la barra “Arrogantes Restrepo”, un grupo de hinchas que, aunque estén lejos de la ciudad donde nació el equipo, mantienen viva la pasión por Nacional. Se juntan para ver los partidos, para cantar, para gritar y alentar con todo, sin importar dónde juegue el equipo, ni la condición.
De niño, Nicolas escuchaba las historias que le contaba su abuelo. Él le hablaba de los campeonatos que habían marcado la historia de Nacional, de jugadores que se convirtieron en ídolos y de noches mágicas en el Atanasio Girardot, la época dorada, donde la libertadore ganada en el 89 fue un hito histórico para Colombia, cuando el estadio vibraba con miles de voces al mismo tiempo, haciendo que la ciudad entera latiera al ritmo del equipo.
Aunque Nicolás no pudo acompañar a su abuelo al estadio muy seguido, esas historias quedaron grabadas en su corazón y alimentaron su amor por el club.
A pesar de estar lejos, Nicolás y sus amigos de “Arrogantes Restrepo” hacen todo lo posible para estar juntos en todos los partidos, Se reúnen en casas, en bares, en cualquier lugar donde puedan ver el juego y cantar. Para ellos, el verde es la fuerza que los une y los mantiene firmes, incluso en los momentos más difíciles.
Y esos momentos difíciles llegaron. Una tarde lluviosa de marzo, cuando Nicolás tenía 16 años, el equipo estaba pasando por una crisis grande. Los resultados no llegaban, la prensa no paraba de hablar de problemas y muchos hinchas comenzaban a perder la fe. En las redes sociales y en las conversaciones del barrio se escuchaba que tal vez era mejor dejar de apoyar, que Nacional ya no daba para más. Algunos incluso hablaban de cambiar de camiseta, buscando un equipo que les devolviera la alegría.
Pero Nicolás no podía hacerlo. La camiseta verde que llevaba puesta, aunque vieja y con varios raspones, era más que una simple camiseta para él. Era un símbolo que representaba todo lo que había aprendido a lo largo de sus 23 años, sus amigos de la barra. Sabía que, aunque las cosas estuvieran difíciles, él debía estar ahí, firme, apoyando a su equipo.
Esa mañana, se levantó temprano, se puso la camiseta, agarró su bufanda y se reunió con sus amigos de “Arrogantes Restrepo”. Juntos tomaron el bus hacia Medellín, con la esperanza de estar en el estadio, aunque la lluvia no ayudaba. Durante el viaje, el ambiente estaba pesado; la mayoría hablaba del mal momento del equipo, algunos con resignación, otros con enojo. Pero Nicolás sentía algo diferente. Él sabía que los verdaderos hinchas no se rinden ni en los peores momentos.
“la que alienta es la que existe” frase muy representativa para Nicolas.
Al llegar al Atanasio Girardot, la hinchada estaba nerviosa, pero llena de ilusión. Nicolás y sus amigos se metieron entre el grupo de “Arrogantes”, cantando fuerte para mantener el ánimo arriba. Su amigo Román, uno de los líderes de la barra, lo abrazó fuerte y le dijo: “Hoy ganamos, perrito. Tenemos que estar más juntos que nunca.” Eso le dio fuerza a Nicolás.
El primer tiempo fue difícil. Nacional no encontraba el rumbo, los pases no conectaban, y el rival estuvo cerca de anotar varias veces. El silencio y los murmullos empezaron a crecer en la tribuna. La gente empezaba a perder la paciencia y algunos ya hablaban de fracaso. Pero Nicolás recordó lo que le dijo su abuelo: “Los verdaderos hinchas no abandonan en las malas, el equipo se alienta de por vida.”
En el descanso, Nicolás miró a sus amigos y les dijo: “Esto no se acaba hasta que pita el árbitro. Vamos a seguir alentando, que este equipo se merece nuestro apoyo.” Y así lo hicieron, cantando con un aguante inigualable.
En el segundo tiempo, la situación se complicó aún más. El equipo rival anotó el primer gol y un silencio pesado cayó sobre el estadio. Los jugadores de Nacional parecían cansados, sin ganas. Pero Nicolás no pudo quedarse callado. Se levantó de su puesto, arrancó la camiseta vieja que tenía puesta, la levantó en alto y gritó con toda la emoción que tenía:
“¡Vamos, vamos Nacional! ¡Vamos, vamos verdolaga! ¡Por tu hinchada que te quiere la que siempre te acompaña!”
Sus palabras fueron como una chispa en medio de la tormenta. Poco a poco, sus gritos comenzaron a contagiar a la hinchada. La gente empezó a levantarse, a gritar, a cantar con más fuerza. La barra entera se unió, y el estadio volvió a latir con fuerza. Los cánticos se escuchaban en cada rincón del Atanasio: “¡Para salir campeones, hay que poner más huevos, huevos!”
Y justo cuando parecía que todo estaba perdido, el equipo despertó. Los jugadores comenzaron a moverse más contagiados de esa energía que trasmitía la grada, a jugar con más confianza. En el minuto 87, después de una jugada espectacular en equipo, Morelos, el delantero, metió el balón en la red. El estadio explotó en alegría. La hinchada saltaba, gritaba y se abrazaba.
Pero lo que Nicolás nunca imaginó fue lo que pasó después. Mientras los jugadores celebraban, el capitán Tesillo levantó la vista hacia las gradas y lo señaló con la mano, como agradeciéndole por no perder la fe. Nicolás sintió un nudo en la garganta. Esa señal era todo lo que necesitaba para saber que su amor por Nacional era correspondido.
Finalmente, en el minuto 90+3, llegó el gol de la victoria. El marcador decía 2-1, y Nacional había renacido. La hinchada no paraba de cantar y celebrar. Nicolás cerró los ojos, sintiendo una felicidad que nunca olvidaría.
Esa noche, de regreso a Bogotá, con el corazón latiendo fuerte y sus ojos aguados, Nicolás entendió algo que nunca olvidaría: ser hincha de Nacional no es solo celebrar las victorias, ni solo ver los partidos desde la comodidad de casa. Ser hincha es estar ahí siempre, en las buenas y en las malas, con el corazón y la camiseta puesta, sin importar dónde estés ni la condición. Porque el verde de Nacional no es solo un color que se lleva en la camiseta, sino una pasión que se lleva en el alma, un amor para toda la vida.

