Ilustración de dos personas sentadas frente a sus escritorios en una oficina oscura, iluminada solo por las pantallas de sus laptops y algunos focos tenues. Sobre sus cabezas aparecen varios letreros luminosos que representan un “dilema ético”. A la izquierda, los letreros positivos dicen: “Verdad”, “Responsabilidad social”, “Integridad y reconocimiento” y “Paz mental”. A la derecha, los letreros negativos dicen: “Manipulación”, “Interés económico” y “Obediencia a superiores”. La persona de la izquierda, con expresión tranquila y relajada, mira hacia arriba sonriendo, representando la toma de decisiones éticas. La persona de la derecha, con expresión preocupada y la mano en la boca, observa su computadora, donde aparece una noticia. En el fondo se ven pizarras con documentos y notas, dando la sensación de un ambiente de investigación o oficina.
Google. (2024). Julián, el redactor creativo, y Mariana, la periodista, en estilo cartoon compartiendo un momento de reflexión sobre un dilema ético [Imagen generada por IA]. Modelo Gemini.

El dilema oculto entre la creatividad y la ética.

En una campaña que exige brillo y silencio a la vez, un creativo y una periodista enfrentan el mismo dilema: decir la verdad… o cargar con lo que callan.

Por: Juan David Gordillo Montenegro, Diego Alexander Rodríguez Arana, Sofia Tejada Ortiz, Angelo Nicolás Contreras Roa

Cuando la creatividad choca con la verdad: dos profesionales frente a una decisión incómoda

La mañana en la agencia estaba impregnada del olor a marcador permanente y una buena dosis de ansiedad. Julián, el redactor creativo, miraba el documento sobre la mesa como si fuera un espejo empañado: sabía que había algo ahí, pero aún no lograba distinguirlo del todo. La marca de bebidas energéticas buscaba un mensaje “vibrante, juvenil, deportivo”. Un claim directo: “Activa tu vida”. A simple vista, parecía fácil. Un trabajo más. Pero en la reunión técnica, alguien lanzó un comentario que cayó como una piedra en un estanque: Los niveles de azúcar son… considerables. La palabra “considerables” comenzó a resonar en su mente durante el día, como un eco persistente. Julián pensó en los jóvenes, en los deportistas de colegio que consumían estas bebidas antes de entrenar, convencidos de que estaban potenciando su rendimiento.

También recordó a Lucas, su primo pequeño, que había estado hospitalizado meses atrás por un pico de azúcar que nadie anticipó. Y mientras ese eco se intensificaba, llegó el correo del cliente: “Recordar: claim inamovible. Target: jóvenes atletas. Nada de información nutricional en la campaña”. El silencio que siguió fue un silencio lleno de grietas. A kilómetros de allí, en la redacción del periódico, Mariana revisaba la nota sobre el lanzamiento del mismo producto. Su editor le había dado instrucciones claras: la marca era un anunciante clave, así que nada de cifras sensibles.

Solo cubre el evento le dijo, sin levantar la vista. No te metas en polémicas innecesarias. Pero Mariana había leído el informe nutricional filtrado unos minutos antes. Lo revisó dos veces. Luego una tercera. Sabía lo que esos números significaban, no solo como periodista, sino como hija: su madre vivía midiendo cucharaditas de azúcar como si estuviera manipulando dinamita.

Esa noche, tanto Julián, el creativo, como Mariana, la periodista, regresaron a casa con una carga invisible sobre sus hombros, aunque no lo sabían. Julián abrió su libreta y comenzó a escribir diferentes versiones del eslogan, tachando cada una hasta que la hoja se convirtió en un verdadero campo de batalla. Mariana, por su parte, borró y reescribió párrafos enteros, eligiendo cada palabra con tanto cuidado como si de ello dependieran las consecuencias. En algún momento, ambos se detuvieron. Julián dejó caer el lápiz; Mariana, el teclado. Respiraron hondo. Escucharon ese hilo casi inaudible donde se entrelazan la responsabilidad y el miedo, la ética y la necesidad.

Al día siguiente, Julián presentó una propuesta diferente, más sincera, consciente de que podría costarle el proyecto. Mariana entregó una nota que contenía una línea que decía lo justo sin romper del todo el mandato, aunque sí lo retorcía un poco. Ambos recibieron miradas tensas, comentarios fríos y un “esto podría complicarnos” que flotó en el aire. Pero esa noche, mientras caminaban cada uno en su ciudad, cada uno en su vida compartieron sin saberlo el mismo pensamiento: Al final, ¿Qué tan caro puede salir decir la verdad… y qué tan caro puede ser callarla?

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