Juan Esteban briceño
Juanes, un viajero francés, llega a Bogotá y Cundinamarca en busca del alma de su gente, descubriendo paisajes, sabores y emociones.
Juanes era un residente francés que estaba por llegar a Colombia con una gran
mochila y una excelente cámara, pero antes de despegar se hizo una gran
pregunta:¿ Como se siente la vida de Bogotá y Cundinamarca? No buscaba solo
maravillas o paisajes, quería entender el alma de cada barrio, cada pueblo cada
esquina. Así comenzó su aventura, guiado por un cuaderno que le dio su mejor
amigo colombiano.
Su primer paso comenzó en la calendaría, un lugar donde el corazón respira, las
fachadas de colores, los balcones de madera y las calles empedradas le
recordaban a su cuenta favorito antiguo. Entro al museo Botero, en donde las
figuras redondas parecían sonreírle, caminando se dirigió a la Plaza de Bolívar,
donde vio volar palomas en la catedral primada, mientras un grupo de estudiantes
cantaban vallenatos a todo volumen.
Tomo un descanso pero al día siguiente, cogió Transmilenio hacia Usaquén en
donde la recibieron con lugares extraordinarios llenos de artesanías y empanadas
recién hechas. Camino entre puestos de sombreros, cuadros pintados y olores
deliciosos hechos por cada pasillo. En el parque central una pareja tocaba jazz
mientras el se relajaba y bailaba aún vergüenza.
Entro a una tienda de café y probó “un café de origen sopo” aromático y suave, el
barrista le explico que cada grano tenía historia como los barrios de Bogotá,
entonces el escribió y dijo Usaquén un lugar eterno de café con el alma.
Pero al amanecer subió a Monserrate el suspiro de la ciudad, en donde el
teleférico lo elevo sobre la ciudad, al llegar al santuario, el frío lo acaricio. Desde
allí, Bogotá lo deslumbró con su maravillosa vista y su constelación de sueños.
Juanes se sentó en una piedra y pensó: Aquí la ciudad se ve como un poema y
dijo el suspiro de Bogotá que une el cielo y ciudad.
En ese momento se imagino como seria estar en el sur, entonces se dirigió al san
Cristóbal sur el verde entre las montañas, donde exploro un barrio rodeado de
cerros, donde los niños jugaban futbol en canchas sintéticas y las señoras vendían
tamales tolimenses. Un guía lo encontró y lo llevo al parque entre nubes, donde
camino entre senderos ecológicos y escucho el canto de las aves que nunca había
visto.
Luego tomo un bus hacia Cundinamarca, en Zipaquirá la catedral de sal lo dejo sin
palabras, rodeado por túneles iluminados, rodeado por esculturas talladas en sal,
hasta llegar a una cruz grande que pareciera que estuviera flotando, el silencio era
sagrado.
En la plaza del pueblo comió ajiaco y converso con una artesana que le mostro
como se hacen las almojábanas, en donde dijo el nombre de acá es sal que cura,
historia que abraza
Siguió a Guatavita, la leyenda en blanco y el pueblo de los muiscas, cada casa
parecía una pieza de ajedrez, todas blancas con tejados rojos, empezó en la
laguna de Guatavita, en donde la leyenda del dorado todavía flota entre el agua y
el viento. Un chaman le comento como eran los rituales ancestrales y del oro
símbolo de lo ancestral y no lo material. Juanes se sintió parte de algo antiguo en
donde escribió leyenda viva espejo del alma indígena.
Su último destino fue la Vega naturaleza que canta, un paraíso escondido entre
montañas, camino por el cerro bululú viendo aves exóticas en el DMI cuchilla de
chuscal y se baño en la laguna de Tabacal, en una finca un señor le enseño a
hacer melcochas y a tostar café, entonces el señor le dijo un gran consejo “aquí la
tierra habla solo hay que saber escucharla”
Entonces Juanes para terminar se quedo esa noche en un glamping en la
montaña y desde ahí vio las estrellas, y dijo la Vega lugar en donde la naturaleza
canta en voz baja
Fin
