Por Carolina Vanegas.
Nací en Bogotá, en un parto difícil, pero rodeada de mucho amor. Al día siguiente me llevaron a mi primer hogar: Chía, un lugar gobernado por la luna, en una vereda mística donde crecí trepando árboles y conociendo la libertad. Creí que estaría allí toda mi vida, pero mis padres tenían otros planes.
Regresé a esta inmensa ciudad cuando tenía siete años y, francamente, me causó una pésima primera impresión: demasiado ruido, buses a reventar, personas malhumoradas y muy pocos árboles a la vista. No duré mucho esa vez, apenas unos meses, antes de irme con mis padres a un cálido pueblito a dos horas de allí: Supatá, “remanso de paz y gente amable”. Creo que jamás olvidaré el lema de ese lugar, ya que no decepciona.
Estuve allí no más de tres años. Después de un brazo fracturado, varias caídas en bicicleta, aprender a usar patines, participar en los coros de la iglesia y adquirir un gran amor por la danza folclórica, era hora de regresar a la capital. Pero esta vez estaba emocionada: mi sensei —mi hermana, quince años mayor, quien se había quedado en Bogotá para ser profesional— me habló de muchos sitios a los que quería llevarme. Así que me puse mis zapatos de Floricienta y, en dos horas, estábamos de regreso.
Agradezco a Dios haber vuelto en Navidad. La banda sonora de aquella temporada estaba liderada por los clásicos de Rodolfo Aicardi; en cualquier lugar al que iba olía a buñuelos recién salidos del aceite y, como cereza del pastel, mi sobrina estaba a punto de nacer. Fue un buen reencuentro, debo reconocerlo. Sin embargo, en los años posteriores extrañaba la libertad y la tranquilidad de los lugares donde había vivido antes. ¡Qué abismo entre la vida de pueblo y la de ciudad!
Cuando terminé el bachillerato llegó la hora de trabajar, lo cual, además de muchas otras cosas, significaba adentrarme en la jungla que es utilizar el transporte público. Me aterrorizaba ver cómo un tumulto de personas empujaba ferozmente para buscar un espacio en TransMilenio; y pobre del que pidiera respeto. Aunque después de un tiempo uno se acostumbra e incluso hay días en donde llega a ser ameno: casi a diario se suben artistas apasionados y talentosos mostrando sus habilidades. De repente, estar allí se convierte en una experiencia cultural. Uno simplemente se pregunta: ¿por qué aquí y no en un espacio pensado para ellos?
Y hablando de arte, decidí complacer a mi niña interior y estudiar actuación. Para mi fortuna, el confiable SENA ofrecía dicho tecnólogo, pero las sedes se encontraban en Kennedy y Bosa, y yo prácticamente vivía en Cota (municipio ubicado en el departamento de Cundinamarca, en la provincia de Sabana Centro, que limita al este con Suba, Bogotá D.C.). Pero bueno, peor es nada y, como dicen, “regalado, hasta un puño”. Así que, sin pensarlo demasiado, empezó mi travesía. Claramente no duré ni un mes a ese ritmo: mi querida ciudad, de manera sutil y entre eternos trancones, me insinuó que debía vivir un poquito más cerca para no caer en la locura. Así que, gracias a incontables ángeles que Dios colocó en mi vida, me pude trasladar a Kennedy para continuar con mis estudios.
Vivir sola y estudiar actuación solo podían desencadenar una cosa: me apasioné por La Candelaria, un espacio lleno de museos, cuenteros, eventos culturales y mucho olor a “pollo”. Iba a teatro casi todas las semanas; el cine no volvió a ser lo mismo para mí. No me malinterpreten, me sigue encantando, pero lo que experimenté cuando vi por primera vez a la agrupación de La Candelaria en escena con la obra Camilo, sencillamente me atrapó. Al fin mi querida y fría Bogotá me mostraba su corazón latiendo al ritmo de las tablas.
Poco después sería mi turno. Con un aforo de 300 personas y un grupo de no más de 15 jóvenes, presentamos La parábola de los siete enanitos, una obra escrita por mi docente de aquella época, José Ferreira. Esta traía a escena episodios en los que los colombianos habían sido brutalmente abatidos por la violencia. Lo cual implicaba reunir testimonios de quienes vivieron dichos acontecimientos y así entender cómo la violencia ha fracturado el alma de este país, y cómo muchas de esas historias que empezaron en otras partes terminaron aquí.
Así es, Bogotá se ha convertido en refugio de cientos de familias abatidas por la violencia. Somos una combinación de todo un país hambriento de oportunidades, de una vida digna. Y, por supuesto, me incluyo. Si bien yo nací aquí, mis padres son del campo, de Susa, Cundinamarca, pueblo que aún no he tenido el gusto de conocer. Hasta el día de hoy y con 59 años, mi mamá recuerda con tristeza el día en que mis abuelos la sacaron de su hogar para venir a trabajar. Ella tenía 15 años y, claro, agradece todas las oportunidades que le brindó la capital, pero si por ella fuera seguiría allá, cultivando papa, arveja, cebolla; teniendo una gran huerta con aromáticas y especias. Sin mayores lujos, pero con una vida tranquila.
Ojalá nada tuviera que forzarnos a salir de casa. En este momento amo y agradezco vivir en esta caótica e inmensa ciudad, mi hogar. Pasar por la Caracas e ilusionarme con la idea del metro, hacer plan para recorrer las montañas “al gratín” en los senderos del acueducto, entrar a la Cinemateca y conocer el mundo a través de los ojos de los demás. Y que en el día a día no nos falte un tintico bien caliente; para mí, con panela y un tris de canela, mi veci, gracias.
