Un Transmilenio que funciona como un portal del tiempo , ubicado en la época de la muerte de Gaitán
Imagen generada por Gemini

Portal del tiempo Bogotá

En una Bogotá gris y ruidosa, donde los buses parecen devorar el tiempo y los grafitis cuentan historias olvidadas, dos estudiantes descubren un TransMilenio abandonado que no solo viaja por la ciudad… sino por la historia misma.

hecho por : Ariana Sofia Gomez Vasquez

Era una tarde fría y gris en Bogotá, el cielo estaba cargado de nubes pesadas. Julián caminaba con su amiga Laura después de clases, con la mochila colgando en un hombro y los audífonos guardados, porque ella insistía en hablar y no soportaba que se distrajera con música.

—¿Ya te conté lo del lote abandonado? —preguntó Laura con los ojos brillantes y sonrisa nerviosa que le salía cuando estaba a punto de proponer una locura.

—¿Cuál lote? — respondió Julián medio distraído mientras esquivaba un charco.

—El de la Caracas con 72. Dicen que hay un bus de TransMilenio abandonado, como si lo hubieran dejado tirado hace años. Algunos dicen que da miedo meterse, que de noche se oyen ruidos raros.

Julián sonrió con ese gesto suyo de incredulidad. Siempre había sido más curioso que miedoso, y cualquier cosa misteriosa le parecía una invitación imposible de rechazar.

—Pues vamos a verlo —respondió con una seguridad que hizo que Laura pusiera los ojos temblorosos.

El camino hasta allí no fue largo, pero si intenso. Caminaron entre vendedores de empanadas, buses que botaban humo negro, bocinazos de carros desesperados por abrirse paso en medio del trafico, llegaron al lote. Un muro de ladrillo semicaido rodeaba, lleno de grafitis con nombres, dibujos y frases que parecían contar la historia de los jóvenes que habían pasado por allí , el lugar olía a humedad y a abandono.

 Ahí estaba. El bus rojo, enorme como un animal dormido. Estaba cubierto de polvo con ventanales opacos y grafitis que apenas dejaban ver el color original. Sin embargo, en el letrero frontal se alcanzaba a distinguir algo extraño: no decía “Banderas” ni “usmé ”, sino “Portal del Tiempo”.

—Eso sí que está raro —murmuró Laura, cruzándose de brazos.

—Es un chiste de algún loco, seguro. Contesto Julián, aunque por dentro sentía un cosquilleo de emoción

Aun así, Julián empujó las puertas. Sorprendentemente se abrieron de golpe, con un chillido metálico que hizo eco en todo el lote. Laura tragó saliva, pero entró detrás de él. El interior era otra cosa, no había polvo ni basura: los asientos estaban limpios, las barandas brillaban y el tablero electrónico del frente encendía luces verdes y rojas como si el bus estuviera en funcionamiento. Lo más inquietante era la pantalla luminosa que mostraba una fecha parpadeante, 09/04/1948.

Eso es… —Laura abrió los ojos—. El Bogotazo.

—¿El día que mataron a Gaitán?

No alcanzaron a decir nada más. Un botón verde titilaba y, como si el bus los llamara, Julián lo presionó, el piso vibró bajo sus pies, el motor rugió y una luz cegadora los envolvió. Sintieron que el aire era más escaso y que los oídos se les tapaban como cuando uno va viajando por carretera.

Cuando se asomaron por las ventanas, Bogotá ya no era la misma. La ciudad tenía un aire diferente. En lugar de TransMilenios y taxis amarillos, había tranvías circulando por las calles. Los hombres usaban sombreros, las mujeres vestidos largos, y los edificios eran más bajos, con balcones de hierro forjado. Julián y Laura bajaron del bus con el corazón latiendo a toda velocidad.

—No puede ser… —susurró Laura—. ¿Viajamos de verdad?

No tardaron en escuchar un grito desgarrador. Luego, disparos. La multitud comenzó a correr. Algunos lloraban, otros gritaban el nombre de Gaitán, otros destrozaban vitrinas y arrancaban puertas de madera. Un hombre de bigote y traje oscuro se detuvo frente a ellos, con los ojos enrojecidos.

—¡Mataron al doctor Gaitán! ¡Nos lo arrebataron!

Los chicos se miraron, sin saber qué hacer. Era como estar atrapados en una pesadilla real, vieron arder un tranvía en medio de la calle y gente que corría con muebles en las manos. Bogotá estaba estallando en caos.

—Tenemos que volver al bus —dijo Laura, temblando.

—Espera, solo un momento. Mira alrededor, ¿lo ves? Esto es la historia de verdad.

Caminaron un poco entre la multitud. Vieron a una madre abrazando a su hijo, escondiéndose de los tiros; a jóvenes con piedras en las manos gritando por justicia, a soldados que trataban de imponer orden con disparos al aire. Julián sintió un nudo en la garganta. Los libros del colegio nunca lo habían hecho sentir así. De pronto, un nuevo pitido sonó desde el bus, como si los llamara. Corrieron de regreso y subieron justo cuando alguien intentaba detenerlos. Las puertas se cerraron y la máquina rugió otra vez. La luz blanca los envolvió y, en cuestión de segundos, volvieron al lote baldío de la Caracas.

Todo parecía igual que antes, los grafitis, la basura, el frío viento bogotano colándose por las grietas del muro. El bus, sin embargo, ya no brillaba. Sus luces se apagaron y el tablero quedó muerto, como si hubiera gastado la poca vida que le quedaba.

Julián se sentó en un asiento, todavía agitado.

—¿Te das cuenta de lo que vimos? No era un cuento ni una película. Era real.

Laura lo miró, con la voz quebrada.

—Es horrible… la gente, el fuego, los gritos. Nunca imaginé que el Bogotazo hubiera sido tan doloroso.

Salieron del bus en silencio. Afuera la ciudad seguía siendo la misma, los buses, vendedores, el gris del cielo. Pero para ellos todo había cambiado.

Julián levantó la vista hacia las montañas, que parecían vigilar la ciudad.

—Bogotá está hecha de cicatrices —dijo.

—Y si no las recordamos, se vuelven a abrir —añadió Laura.

Caminaron de regreso a casa, con la sensación de que habían sido testigos de un secreto inmenso que nadie más podría comprender, Entendieron que la historia no era solo una materia aburrida en la escuela, sino que era fundamental para conocer el pasado y no cometer los mismos errores.

Después de esto Julián y Laura se volvieron mucho más unidos y aficionados por la historia, Cada viernes, después de clases iban a aquel lote abandonado, aunque el bus ya no encendía. Se sentaban en sus asientos como si fuera su guarida secreta, recordando el viaje y hablando de lo que habían visto. A veces llevaban libros prestados de la biblioteca sobre Gaitán y el 9 de abril, los abrían allí y leían en voz alta, intentando unir las piezas entre lo que vivieron y lo que decía la historia oficial.

Comprendieron que el bus no volvería a funcionar, porque ya había cumplido su función, mostrarles el valor de la memoria. Y aunque otros vieran solo un bus viejo y abandonado, para ellos era un recordatorio de que la ciudad guarda sus secretos en cada esquina, esperando a que alguien los descubra.

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