Crónica emocional de las vivencias de un joven que encuentra su lugar y un equilibrio entre el pueblo y la lluviosa capital.
Por: Sergio David Tovar Gòmez
Yo nunca pensé quedarme tanto tiempo en Bogotá. la verdad, cuando llegue solo quería estudiar y después devolverme al pueblo. pero la vida se va enredando, uno conoce gente, encuentra trabajo, se acostumbra al ruido. y cuando menos piensa ya esta diciendo “voy al centro” como si siempre hubiera vivido acá.
Al principio no fue fácil. me toco alquilar una pieza pequeña en un barrio que ni conocía, con las paredes delgadas y una ventana que daba a una calle donde siempre pasaba el mismo perro. en las noches escuchaba los buses pasar, las sirenas, el viento pegando fuerte contra los cerros. me dormía tarde pensando si había hecho bien en venir.
Mi mamá me llamaba todos los domingos, preguntaba si comía bien, si hacia frio, si estaba estudiando. yo le decía que si a todo, aunque a veces no. a veces no tenia ni ganas de cocinar. la ciudad cansa, no lo voy a negar. uno se siente como si todo corriera y uno no pudiera alcanzarlo.
Pero también tiene momentos que salvan. una tarde, por ejemplo, salí caminando sin rumbo y llegue al Parque Nacional. había gente haciendo ejercicio, parejas tomando tinto, niños jugando. me senté un rato y mire los arboles moverse con el viento. me dio esa sensación rara de estar lejos y cerca al mismo tiempo.
Un día conocí a Lucia en la universidad. estudiaba diseño y siempre andaba con una sonrisa que le cambiaba el día a cualquiera. salimos varias veces, fuimos al Chorro de Quevedo, comimos arepa boyacense en una esquina y me conto que ella también era de Cundinamarca, de un pueblo cerca de Zipaquirá. hablaba de su tierra como quien habla de un recuerdo bonito que no quiere soltar. Con el tiempo nos hicimos inseparables. caminábamos por Chapinero bajo la lluvia, sin apuro, riéndonos de cualquier cosa. ella decía que Bogotá se entendía mejor mojado, que la
ciudad tenia alma de lluvia. y yo, pues, le creí. Pero un día todo cambio. Lucia tuvo que irse, su papá se enfermo y dejo la carrera. me mando un mensaje corto, decía que no sabia si iba a volver. no supe que responderle. me
quede mirando la pantalla mucho rato, como si pudiera leer entre las letras algo que no
estaba ahí. Los días después fueron pesados. iba a clase, hacia los trabajos, pero todo me parecía mas
gris. incluso el cielo, que ya de por si era gris, se sentía distinto. me la pasaba en el Transmilenio mirando por la ventana, viendo los cerros con neblina y pensando que todo se movía menos yo. Una noche llovía fuerte, de esas lluvias que suenan como si el mundo se fuera a acabar. salí del edificio y camine sin rumbo, otra vez. pase por el centro, por la Séptima, por montones de calles que no sabia ni como se llamaban. al final termine en Monserrate, abajo, mirando la montaña. el agua me empapaba, pero no me importo. ahí pensé en todo lo que me había pasado, en mi pueblo, en mi mamá, en Lucia, en la ciudad. Y no se, sentí algo raro. como si Bogotá me abrazara sin decir nada. esa mezcla de frio, ruido y luces me hizo entender que ya era parte de este lugar, con sus cosas buenas y las otras también.
Ahora ya paso el tiempo. sigo acá, estudiando, trabajando cuando puedo. a veces vuelvo a mi pueblo, a ver el verde de las montañas, a comer pan caliente y respirar tranquilo. pero siempre termino regresando. Porque Bogotá, aunque duele, también enseña. y Cundinamarca, con su calma, me recuerda de donde salí. entre los dos lugares se fue armando mi vida, un pedazo allá, otro acá, y yo en la mitad, aprendiendo a quererlos a los dos.

