el sentimiento futbolero de marcar un gol para ayudar a tu equipo después de todo lo que pasaste en tu vida personal y futbolística
Imagen hecha por: Gemini

El gol bajo la lluvia

Un chico que ama el fútbol como nadie se lo imagina, pero que al momento de estar en las canchas, sucedía algo que lo alejaba de ese sueño, entre lesiones, peleas o incluso pasarse todo un partido de suplente, este ultimo, es parte de esta historia, en la lluvia fría de Bogotá, sucedió algo que no pensaba que ocurriría.

Por: Sergio Alejandro Bohórquez Pérez

Alejandro Pérez no era el mejor jugador del equipo, eso lo sabía todo el mundo. Corría con ganas, pero se cansaba rápido. A veces se enredaba con la pelota. A veces, con sus propios pies. Pero tenía algo que nadie más tenía: no se rendía, ni aunque el cielo se le viniera encima.

Era el suplente eterno del Club Deportivo Marsella, un equipo de barrio que jugaba más por orgullo que por trofeos. En cada partido, Alejandro calentaba con la ilusión de entrar, aunque casi nunca lo llamaban. “Hoy sí me toca”, decía siempre, con esa fe que hasta contagiaba al entrenador.

Y un domingo, el destino decidió dejarlo probar.

Era la final del torneo local. Llueve a cántaros. El campo es un pantano. Los titulares están empapados, exhaustos, resbalando más que jugando. Minuto ochenta y cinco, empate a uno. El profe mira el banco y grita:
—¡Pérez, calienta!

Alejandro sintió que el corazón se le quería salir del pecho. Se amarró los guayos como quien se prepara para la guerra, se persignó rápido, y entró. Nadie esperaba nada. Algunos hasta se encogieron de hombros.

Pero a veces, el fútbol hace magia con los que nadie espera.

Minuto noventa. Última jugada. Un rebote cae justo frente a él, en el borde del área. El balón viene sucio, pesado por el barro. Alejandro levanta la cabeza, cierra los ojos un segundo y le pega con el alma. La pelota hace una parábola perfecta, toca el travesaño y entra.

Silencio. Luego gritos. Luego lágrimas.

Alejandro cae de rodillas bajo la lluvia, los brazos abiertos, empapado, temblando. No sabe si fue suerte, destino o pura terquedad, pero por fin había metido su gol. Su gol.

Esa noche, el barrio entero habló de “el gol de Pérez”. Algunos decían que fue de casualidad, otros que fue obra divina. Pero él, cada vez que pasaba por esa cancha, miraba el arco y sonreía, murmurando para sí:

—Nadie me quita lo bailado.

Y siguió jugando, claro. Porque para Alejandro Pérez, el fútbol no era cuestión de ganar. Era cuestión de seguir corriendo, aunque el mundo se caiga a pedazos.

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