La publicidad y el periodismo
En los oficios que lidian con la palabra —la publicidad y el periodismo— existe un territorio
donde la ética deja de ser teoría y se convierte en una decisión urgente. El dilema planteado
es simple sólo en apariencia: ¿Qué hacer cuando la verdad y el impacto no pueden convivir
en la misma frase? ¿Debe primar la honestidad o la efectividad del mensaje?
Desde la mirada del creativo publicitario, la tentación es grande. La industria premia lo
llamativo, lo emotivo, lo que ‘vende’. Sin embargo, cuando un mensaje publicitario exagera
beneficios, omite riesgos o juega con la vulnerabilidad del consumidor, ya no se trata de
creatividad: se trata de manipulación. Y la creatividad, sin responsabilidad, es solo una
forma elegante de engaño. No se puede construir impacto sacrificando la confianza del
público; al final, el anuncio desaparece, pero el daño permanece. El periodista enfrenta un
dilema similar, aunque invertido. Su deber es informar con rigor, pero en un entorno de
inmediatez y presión por la atención, la tentación por el sensacionalismo es real. Titulares
inflados, datos sin verificar o historias incompletas pueden captar clics, pero erosionan lo
más valioso que tiene un periodista: su credibilidad. La verdad no siempre es atractiva, pero
siempre es necesaria, en ambos casos, el conflicto ético radica en la tensión entre
responsabilidad y resultado, entre honestidad e impacto, entre principios y presión laboral.
La consecuencia de ceder no es menor: deterioro de la confianza pública, daños a terceros
y, quizás lo más grave, la pérdida de la brújula ética personal.
La decisión final nunca es sencilla. Requiere valentía para decir “no”, incluso cuando todos
esperan un “sí”. Porque, al final, cada profesional debe elegir qué tipo de huella quiere dejar.
Ella repasó el slogan una última vez: “Activa tu vida”. Luego recordó la historia del niño que
creyó demasiado en una promesa publicitaria. Cambió una sola palabra, respiró hondo, y
aceptó que la verdad también puede tener impacto. O quizá, pensó después, el impacto era
justamente lo que menos querían que tuviera.
