El viaje de influencers colombianos a Israel abre debate sobre cómo el soft power convierte el turismo en herramienta de imagen en medio de un conflicto.
Por: Samuel Hernández
Durante los últimos días, el viaje de un grupo de influencers colombianos a Israel ha despertado una tormenta digital. Las imágenes de sonrisas frente al Mar Muerto y cenas con vista a Tel Aviv contrastan con las noticias que llegan desde Gaza. Muchos en redes los acusan de participar, quizá sin saberlo, en una estrategia conocida como soft power.
Este término se refiere al poder blando, la capacidad de un país para influir y mejorar su imagen internacional no con armas ni sanciones, sino a través de la cultura, el turismo o el entretenimiento. Y en tiempos donde las redes sociales son la nueva diplomacia, los influencers se convierten en embajadores modernos, a veces involuntarios, de narrativas políticas.
El problema no está en viajar o compartir experiencias, sino en el silencio selectivo. Mostrar solo la “cara amable” de un país en guerra puede convertirse en una forma de propaganda emocional. Las fotos bonitas y los lujos que se dieron no son inocentes cuando se usan para limpiar el rostro de un conflicto y más planeando utilizar el soft power.
Quizás los influencers solo vieron un viaje pagado y una oportunidad de contenido. Pero detrás de cada historia de Instagram, vídeo de publicidad , para TikTok hay intereses, estrategias y, sobre todo, consecuencias. En un mundo donde los “likes” pesan más que los contextos, el soft power se disfraza de turismo y se cuela por el filtro de una cámara.
Hablar de paz no es posar frente a un muro histórico; es reconocer la herida que ese muro representa. Y cuando la influencia se convierte en herramienta política, vale preguntarse: ¿a quién le están sirviendo realmente los reflectores?.
