Vez una vista panorámica de la cuidad de Bogotá, una cuidad llena de edificios. En el centro se alzan rascacielos altos y modernos, rodeados de construcciones más bajas y antiguas. La ciudad se extiende hasta el horizonte, mostrando su tamaño y movimiento.

Sofia la niña que habló con la cuidad

Había una vez una niña llamada Sofía, ella tenía 22 años y vivía en Bogotá, específicamente al sur, por allá en Plaza de las Américas. Vivía con su perro, pues hacía varios días había empezado a buscar esa independencia y dejar de vivir con su mamá. Y así fue: vivía con su perro en una pequeña casa.

Tenían una cama, su cocina y un pequeño radio para escuchar emisoras, porque ni televisión ni internet tenían para hacer otra cosa. Un día normal, de esos cualquiera, Laura (en realidad Sofía, aunque parece un error de nombre en el texto) estaba acostada con su perro, Hansel, un perrito criollo que fue adoptado de un habitante de calle en el centro de Bogotá y que su mamá le había regalado por su cumpleaños número 17. Ese perro era su vida entera.

Pero no nos desviemos. Estaban acostados juntos escuchando la emisora La Mega. A Laura le interesaba tanto todo lo que tenía que ver con medios de comunicación y prensa, que entre palabras le decía a Hansel que algún día, no muy lejano, estaría en una de esas, hablando con gente y siendo reconocida en la ciudad y hasta en el mundo. Su perro solo la miraba con cara de ternura y le lamía la mano, así que ella sonreía y decía: Algún día, ya lo verán.

Sofía pensaba en cómo podía lograr eso. Muchas veces lo hacía con mucho positivismo, pero otras no, porque decía que no sería capaz. No tenía manera de estudiar en una universidad pública y mucho menos en una privada. Así que solo pensó, se lo guardó y se quedó dormida.

A la mañana siguiente se levantó para irse a su trabajo. Laboraba en el centro de la ciudad, un lugar bastante peculiar, grande y extremo: San Victorino, vendiendo ropa y vestidos de baño. Le iba bien, pero no se sentía conforme porque no estaba haciendo lo que le gustaba, sino lo que le tocaba para subsistir.

En una de esas ventas se le acerca una chica y le dice que ella es muy buena vendedora, que tiene una gran habilidad del habla y de convencimiento, y le pregunta por qué no estudiaba algo relacionado con las comunicaciones.

Ella, con un gesto un poco incómodo, le dijo que no tenía cómo. La chica le respondió que en Bogotá siempre hay oportunidades para los jóvenes, que participara en becas o en cursos de la alcaldía para que la ayudaran. Laura le agradeció y creció una gran esperanza en ella. Continuó el día pensando en la beca que podría ganarse. Al llegar a casa, le contó a su perro mientras caminaba de pared a pared, emocionada, y él solo meneaba la cola. Sofía se fue a dormir.

Al día siguiente se levantó muy temprano y se fue a un café internet del barrio. Buscó en Google: “Becas para jóvenes en Bogotá”, y le aparecieron muchas opciones para estudiar. Emocionada, se inscribió a una: Comunicación Social y Periodismo. Era un sueño que no podía creer.

Durante el día se la pasó imaginándose en ese puesto, viéndose en la radio o en la televisión, compartiendo con gente famosa, como decía ella. Todo parecía un sueño.

Sofía quiso contarle a su única amiga, Camila, que se había inscrito y que tenía mucha fe. Pero la respuesta que le dio Camila no fue la que esperaba: Sofía se quedó callada y continuó con su trabajo. Esa respuesta la hizo dudar por un momento. Pensó que tal vez era cierto, que eso era solo para los ricos. Pero a su vez se repitió que sí podía.

Semanas después, le llega un correo a su celular diciendo que habían aceptado su inscripción y que debía prepararse para unas pruebas que hacía el Estado para los resultados finales de ingreso a la educación superior.

Como dice el dicho, Sofía “saltaba en una pata”. Bailó, lloró, celebró, porque se dio cuenta de que todo eran señales y que esa ilusión podría convertirse en algo verdaderamente bueno.

Sofía empezó a sacar todos los libros que tenía guardados: cuadernos, fotocopias y apuntes de su colegio. Todos los días, a las seis de la mañana, se levantaba a practicar y repasar temas que podrían aparecer en la prueba.

Sabía que eso no era suficiente, así que pensó en qué otra alternativa de estudio podía encontrar.

Casualmente, ese mismo día, camino hacia su trabajo, vio a varios funcionarios de la alcaldía junto con campañas universitarias entregando volantes de cursos express o diarios para facilitar los métodos de estudio. Así fue como también logró entrar a esos cursos, y ahora la mayoría de su tiempo la pasaba estudiando.

Llegó el tan esperado día: el día de la prueba. Sofía, con nervios, se levantó muy temprano, pues debía presentar el examen en la calle 200, al otro extremo de la ciudad. Tenía que tomar varios Transmilenios —un transporte que para ella era muy efectivo, pero a la vez complejo, de amor y odio, como dicen por ahí—.

Salió bien puntual, con un poco de frío. Cuando llegó a la estación Portal Américas, se dio cuenta de que estaba bastante aglomerada, pero sabía que podía lograrlo; nada podía impedírselo. Cuándo se subió a su primer transporte, el K46 Portal Norte, Sofía se empezó a cuestionar si habría estudiado lo suficiente para poder pasar el examen, a lo que ella misma se contestó: sí.

A mitad de camino, se subió un señor que empezó a decir que hacía poemas, que le encantaba escribir, y que si alguien quería ayudarlo, le comprara uno. A Sofía le agradó y se lo compró. El poema hablaba del poder interior, de que uno es capaz de cumplir cualquier objetivo o meta, por más difícil que parezca. Eso la llenó de positivismo.

Sofía llegó a la prueba. Le tocó en un salón bastante grande de la Universidad Pedagógica, en la facultad de Ciencias. En el salón estaba un profesor bastante amable, sonriente y gentil. Mientras esperaban que todos llegaran, contaba su historia de vida y de cómo amaba a Bogotá: por su frío, por sus montañas, por sus oportunidades, por su gente, por su estilo y su manera de vivir. Eso también la dejó pensando, porque Bogotá y su misma gente la habían ayudado a llegar a donde quería. Pasó la prueba y Sofía salió satisfecha; tenía el presentimiento de que todo saldría bien. Ese día se tomó un descanso del trabajo, fue por su mejor amigo Hansel y se fue para Monserrate.

Subió a pie. Cuando llegó, lo único que podía contemplar era su maravillosa ciudad. Entró a la iglesia y le pidió al Señor de Monserrate la oportunidad de poder tener un futuro mejor, para darle una buena vida a su mejor amigo y a los suyos.

Sofía bajó y se fue para su casa. Continuaron las semanas y no recibía ninguna respuesta; ya se estaba resignando. Hasta que por fin, un correo: “Prueba aceptada e inscripción a universidad”. Sofía solo lloraba y le agradecía a Dios, a su ciudad y a su gente, porque gracias a ellos cumpliría un gran sueño.

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